No puede ser, me decía a mí mismo, tras visionar las imágenes, pero lo que acababa de ver era cierto. En horario abierto, en un programa de la Sexta Televisión, Generación Ni -Ni, una joven concursante, completamente ultrajada y humillada por dos supuestos compañeros que, tras sujetarla y embadurnarle la cara de leche condensada, continuaban su particular show, agarrándola y restregándole los genitales por su cara y su cuerpo, como si tal cosa, jaleados por el resto de participantes, sin que el equipo del programa interviniera para cortar semejante abuso.

¿De qué sirve que el psicólogo del programa revisase el vídeo para afearles la conducta? ¿Porqué no los expulsaron ipso facto del programa? ¿Cuál se supone que es el mensaje que pretendían enviar a nuestros hijos?

Y nosotros como padres, ¿qué es lo que está pasando para que, desbordados y resignados, sigamos presos de la doble moral y miremos hacia otro lado?

Es inconcebible que en nombre de la igualdad, de la libertad y de la tolerancia mal aprendida, nuestros hijos, sin ningún tipo de rubor ni cortapisa ética,  participen de este tipo de comportamientos que, como en este caso, lo  único que demuestran es que el respeto hacia la dignidad de la mujer es un valor perdido, y  que la línea entre la diversión y el abuso no está nada clara.

¿Cuántas de estas situaciones, que empiezan como “juego de mal gusto”, acaban en agresiones consumadas, muchas veces impunes?

Me parece a mí que vivir la adolescencia no implica saltarse los límites a la torera. Y en este sentido, o se produce una reacción por parte  de padres, educadores, medios de comunicación, legisladores y jueces, para resituar esos límites en su justa medida o seguiremos contribuyendo a que nuestros hijos continúen perdidos en su propia confusión.

Nos guste o no, nuestro deber, como adultos, seamos padres o no, pasa por demostrar nuestra repulsa y, llegado el caso, denunciar este tipo de programas que, a costa de subir el nivel de audiencia y mantenerse en la parrilla, convierten a los concursantes en simples marionetas y al espectador en consumidor compulsivo de basura televisiva.

De puertas para dentro estamos obligados a dejar las cosas muy claras para que nuestros jóvenes visualicen desde el primer momento que no todo vale. Que la única manera de reivindicar sus derechos y  libertades, pasa por respetar los de los demás, sin pretextos ni excepciones y conviene que retomemos las riendas y marquemos las pautas para despertar en la conciencia de nuestros hijos su espíritu crítico, para que puedan reaccionar en positivo ante todo tipo de injusticias,  de modo que se imponga el criterio de la dignidad, la equidad y la razón, por encima de cualquier otra consideración.

Lorenzo Merchán González
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