La igualdad entre hombre y mujer pasa por reconocer que nuestro rol en la vida no va asociado al género con el que nacemos, de manera que la condición hombre o mujer no debe limitar nuestra forma de pensar, nuestras costumbres y mucho menos nuestros comportamientos.

Las personas, al nacer, no se incorporan a la vida acompañadas de un libro de instrucciones en el que se les asigna, en función del género masculino o femenino, unas determinadas funciones, derechos y obligaciones.

Es durante el proceso de crecimiento y maduración donde el papel de padres y educadores, junto al entorno social,  imprimen el carácter y la manera de actuar frente a los demás, de ahí que sea tan importante que, desde el primer minuto, se eliminen todas las connotaciones negativas ligadas a la condición sexual.

De la misma manera, por su capacidad de influencia, los medios de comunicación ejercen un papel clave en la propagación de los fundamentos de la igualdad, de manera que la renuncia a esta exigencia, en favor de los ránquines de audiencia constituye una de las peores lacras de la actualidad, motivo por el cual debemos estar alertas para denunciar la propagación y el fomento de la desigualdad en cualquier medio de difusión.

De igual manera, desde el punto de vista normativo, el fortalecimiento y la defensa de las bases para que el binomio familia-escuela resulte clave en la transmisión de los valores igualitarios entre niños y niñas, deberían ser considerados como aspecto básico y fundamental en las leyes  educativas.

Porque la defensa de nuestros derechos empieza por el respeto hacia los derechos de los demás, nadie, por haber nacido hombre o mujer, tiene derecho a imponer al otro una determinada manera de hacer o a eximirse de sus responsabilidades.
Ser más iguales nos hace más libres e independientes pero a la vez contribuye a mejorar la convivencia, algo de lo que adolecen muchas de las actuales relaciones familiares, laborales y sociales, enmarcadas todavía en las viejas concepciones que otorgan a la mujer un rol servicial y al hombre el receptor de sus servicios.

Contrariamente, la educación debe girar en torno a la persona y no sobre el género,  para que desde bien pequeños, los niños aprendan y asuman, dentro de la normalidad más elemental, que tanto la interdependencia como la autosuficiencia, se consiguen en la práctica desde el reconocimiento y el respeto hacia los derechos de los demás.

Nadie es mejor ni más que nadie por haber nacido hombre o mujer. Es hora ya de hacer tabla rasa para que ninguna persona sienta ninguneada su existencia por el estigma de su nacimiento y de que la educación en la igualdad vaya acompañada no sólo de proclamas sino también de su cumplimiento real en la práctica.
Lorenzo Merchán González
www.lorenzomerchangonzalez.blogspot.com